El Extractor del Pánico

Andrea VAM
Andrea VAM

Copywriter & Storyteller✍🏼
Huyo de los convencionalismos como de la cerveza caliente. Escribo cosas para que tú vendas. Me gustan los tacos (cocinados y hablados).

Cuando era pequeña entrenaba en el equipo femenino de baloncesto del que era por entonces mi colegio.

Siempre he sido alta, pero en aquella época mi diferencia de estatura con el resto de niñas y niños de mi edad era bastante significativa. Por eso, tanto en mi colegio como en casa, asumieron que se me daría bien el baloncesto.

Alerta, spoiler: no fue así.

Si ahora mismo quisiera, podría contarte una historia triste. La de una niña acomplejada por su incapacidad para dar la talla en un equipo infantil, donde se nos exigía como a potenciales figuras de la NBA.

Pero prefiero las risas.

Imagínate una niña de ocho años que se olvida de botar el balón cuando recibe un pase en mitad de la cancha, y corre (recuerda, sin botar) hasta encestar canasta.
Y lo celebra.
Y luego mira al banquillo y no entiende por qué la gente se ríe y por qué ese señor con gafas al que llama entrenador se está echando las manos a la cabeza.

Esa era yo. 

A mí no me gustaba el baloncesto. Era torpe, flacucha y la puntería tampoco era mi fuerte. Pero todas las niñas de mi clase iban a baloncesto, así que pensaba que dejarlo supondría quedarme sin amigas.

(Esas que se reían en el banquillo, sí).

Mis padres me animaban a que probara otra cosa, pero yo estaba erre que erre con el puto baloncesto. Así que me pasé unos cuantos años madrugando cada sábado para estar sentada y ver cómo jugaban las demás. Muy Gareth Bale.

Un día en casa de mis primos encontré una guitarra vieja y llena de polvo. Me gustaba la idea de aprender a hacerla sonar.
Me enteré de que en el colegio también había clases de guitarra, que coincidían con los horarios del baloncesto. Así que tuve que elegir, y elegí la guitarra.

Ya sabes que me gusta contar historias.

Esta te la cuento porque ilustra muy bien un comportamiento humano habitual: nos cuesta desprendernos de las cosas hasta que no encontramos otras que nos gustan más.

Da igual cómo de feas estén esas cosas porque son las cosas conocidas y tras ellas solo hay un abismo con NADA.

Esto pasa con los trabajos.
Con las relaciones.

Hasta que no encontramos algo que actúa como lo que me gusta llamar “Extractor del Pánico”, seguimos igual.
En mi caso, el “Extractor del Pánico” a quedarme sin amigas fueron las ganas de aprender a tocar la guitarra.

Los extractores son la auténtica salud. El empujoncito que necesitamos para tomar la decisión que sabemos que es la correcta.

Y no siempre tienen que ser cosas buenas.
Sin ir más lejos, todo este proyecto que me traigo entre manos es producto de un “Extractor del Pánico” de los chungos. Un despido. Y ni tan mal.

Me entenderás si tu también has montado tu propio negocio digital. Por ahí hay siempre un “Extractor” que hizo su trabajo. 

Si fue para bien, estarás de acuerdo conmigo en que los «extractores» nos ayudan a avanzar.
Si fue para mal, tal vez deberíamos hablar sobre copywriting.

#godsavethecopy

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