El verdadero motivo por el que la mayoría de negocios fracasan

Andrea VAM
Andrea VAM

Copywriter & Storyteller✍🏼
Huyo de los convencionalismos como de la cerveza caliente. Escribo cosas para que tú vendas. Me gustan los tacos (cocinados y hablados).

El otro día me enfadé mucho en un bar.

¿Acaso me trató mal el camarero? No.

¿Me sirvieron algo en mal estado? Tampoco.

¿Había un grifo de Cruzcampo? Ni mucho menos.

Entonces… ¿qué pasó?

Verás.

Resulta que hay un bar en mi barrio que a mí y a mi amiga Deve nos gusta bastante. Lo regenta un matrimonio particular. Él, tosco, antipático, detrás de la barra. Ella, mucho más amable, en la cocina.

El bar es pequeño y desde fuera no parece gran cosa. Madera oscura y pintura amarillo pollo (el color fetiche de los salones españoles en los 90 y probablemente el de la casa de tus padres).

Sin embargo, a pesar de ser pequeño y de que el dueño lleva sin sonreír más o menos desde que pintó el bar, siempre está lleno. Y ahora con el covid, pillar una de las cuatro mesas disponibles es casi un milagro.

¿Por qué pasa esto?

Pues porque este bar, tal vez no juegue a ser el que ofrece un trato más cercano a sus clientes (en esa guerra no está y tampoco se le espera); pero tiene muy claro cuál es su objetivo y ahí te aseguro que lo puto bordan:

Buen vino y embutidos y quesos de calidad.

Ya está. Es suficiente para tener a peña haciendo cola. Aunque nadie te haya visto los dientes en tu vida. No importa. La gente no viene a verte a ti y tus dientes, viene a beberse tu vino y comerse tu chorizo. 

Bueno, pues el caso es que el otro día Deve y yo fuimos para allá y resulta que estaba cerrado. Así que con una tristeza inmensa nos pusimos a buscarle sustituto.

(Todavía no hemos llegado al momento del enfado, espera y verás).

Después de un rato dando vueltas acabamos en la puerta de un antiguo pub irlandés de toda la vida. Un local mítico en mi barrio y que llevaba un tiempo cerrado. Una taberna muy bien montada y que calcaba a la perfección la estética típica de este tipo de locales revestidos en madera y llenos de referencias de cervezas.

Sin embargo, oh sorpresa. El local había sido traspasado y ahora su nuevo dueño había pintado toda la madera de la fachada y el interior en blanco.

Decidimos entrar a ver de qué iba la vaina.

El local estaba vacío y el chico que nos atendió nos dijo que llevaban un par de días abiertos.

Hasta aquí todo normal. 

Lo del blanco a mí me mataba un poco, pero mi amiga es diseñadora de interiores y tampoco le parecía tan terrible teniendo en cuenta el nuevo uso que habían decidido darle al local:

Un supuesto gastrobar italiano.

Temo mucho lo de “gastro” delante de cualquier cosa, pero aún más si lo que está en juego es comida italiana. Con la comida italiana no se juega.

Pese al shock inicial, al principio pensé que no era una mala idea. Tal vez querían instaurar el concepto italiano del aperitivo en el barrio, con su spritz, su negroni y su barra libre de focaccias. Ojalá, pensé. Es más, me ilusioné.

De fondo podía escuchar al dueño del local hablando por teléfono en un italiano de cuna. Me ilusioné más. Si a mí me parece que con la comida italiana no se juega, menos todavía a los italianos.

Andrea haciendo castillos en el aire.

Pedimos un vino y escaneamos la carta. Aquí empezó el drama.

Ensalada de mozzarella y tomate.

Tosta de queso de cabra con cebolla caramelizada.

Tartar de salmón y aguacate.

Al rato apareció el camarero con la tapa: huevo duro relleno de atún.

El típico huevo duro relleno de atún italiano, pensé.

De fondo, un par de televisiones con la MTV y algún hit latino.

Pedimos otro vino. Nos traen la tapa: salchichón.

Mamma mia, Italia en estado puro.

Los castillos que me había montado se venían abajo como la Fortaleza Roja. Después de un rato de charla, me alegra ver que Deve y yo coincidimos: 

Es una pena.

La gente coge un local y se gasta un montón de pasta en apañarlo. Dejarlo bonito. O como a ellos les parece bonito, eso da igual. Y no solo estamos hablando de una cuestión de dinero, también de ilusión. Algo si cabe todavía más frágil. 

Se ilusionan e invierten pero a la hora de la verdad, fallan en lo más importante, lo primordial:

El concepto. 

El jodido concepto.

Si te autodenominas gastrobar italiano solo tienes una cosa que hacer bien: ser lo más italiano posible.

Y si para ello hace falta que tus camareros españoles aprendan a mover las manos como un auténtico napolitano, pues les pones a ver El Padrino hasta que lo interioricen.

De verdad, es una pena que pongas cariño y dinero a un negocio y luego la cagues ahí.

A ver.

Si tu concepto es el de un bar italiano, poner la tele con los éxitos de la MTV tampoco ayuda. De hecho, así lo único que estás transmitiendo es que te la suda el concepto.

Y si en tu carta, como plato principal me pones la típica tosta con queso de cabra y cebolla caramelizada, pues me quiero morir ya para dejar de sufrir.

Me enfadé bastante porque creo que hay un montón de negocios que son buenos negocios, y la cagan en lo mismo. 

Y eso se traduce en un montón de gente perdiendo pasta simplemente por no dar importancia a lo que verdaderamente la merece.

No viven para su concepto, viven para imitar lo que parece la tónica general.

¿Por qué el señor antipático tiene cola en la puerta y me atrevería a decir que el gastrobar italiano mucho tiene que cambiar para lograr lo mismo?

El concepto, Mari. El concepto.

Él sabe que su movida son los buenos vinos y el embutido de calidad. Es su guerra y por lo que se ha posicionado en el radar de la gente.

Así que si eres un gastrobar italiano, lo único que tienes que hacer es ser italiano. Ya está.

Bien.

Por lo que sea, aquel día decidimos buscar otro sitio para cenar y acabamos en un gallego famoso por su pulpo y su ensaladilla y que normalmente está hasta las trancas.

¿Adivina por qué?

Por el concepto. 

¿Eres un gallego? Tu único puto trabajo es ser un gallego, así que preocúpate de eso. Es lo más importante, nada más.

Como le pasa al gastrobar italiano, no hace falta ser un restaurante para olvidar el concepto. Hay un montón de negocios digitales por ahí que ya no se acuerdan de lo que son, y que si se acuerdan, desde luego sus textos no lo reflejan y no consiguen conectar con sus potenciales clientes.

(Igual que Bad Bunny no consigue trasladarte a Florencia).

¿El resultado?

Gente huyendo de ahí como yo de la tosta de queso de cabra.

Empresarios y emprendedores perdiendo dinero y fe en su idea.

Y todo por no poner el foco en lo más importante. 

Lo único que te va a diferenciar en un mercado lleno de gente que hace siempre lo mismo precisamente porque tampoco sabe qué es lo más importante.

En negocios digitales tu comunicación es la responsable de dejar claro tu concepto para diferenciarte de los demás. La pregunta es: 

¿Lo está haciendo?

Déjame tu comentario y me lo cuentas 😀

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Natalia
Natalia

Me ha encantado la entrada de hoy! Creo que explicas de una forma muy sencilla y clara el concepto de un negocio.

Laura
Laura

¡Hola!
Acabo de empezar a seguirte. Me gusta tu estilo, ¡pero me quedo loca con los tacos! No me los espero y, ¡pum!
¡Enhorabuena!

PAZ MARTINEZ
PAZ MARTINEZ

ANDREA….TOTALMENTE DE ACUERDO, PARECE QUE ME ESTOY OYENDO A MÍ MISMA CON LOS MISMOS COMETARIOS….

Nieves Rojas
Nieves Rojas

Gracias me has dado una lección de vida

Pepe
Pepe

El concepto Mari, el concepto.

El puto concepto.

Bravo, una vez más.

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