La historia del señor que no tenía brazos

Andrea VAM
Andrea VAM

Copywriter & Storyteller✍🏼
Huyo de los convencionalismos como de la cerveza caliente. Escribo cosas para que tú vendas. Me gustan los tacos (cocinados y hablados).

Ayer hablábamos de que una de las claves para comunicar bien y que tu audiencia recuerde de lo que estás hablando es focalizarse en una idea.

Supongo que dicho así dice muy poco, así que voy a contarte una historia real que ilustra esto.

Moe Levine era un reputado abogado de mitad del siglo XX.
Y no es para menos, porque Moe era un orador de categoría.
Tenía el poder de meterse al jurado en el bolsillo y hacer que empatizara con su cliente.

En una ocasión, un cliente acudió a él para buscar una indemnización.
Se llamaba Harold, había perdido los 2 brazos en un accidente y el seguro le estaba dando largas.

Que ya si eso cobraba en cromos de Coyote.

Pues bien, durante el argumento final del juicio de Harold, Moe sorprendió a los miembros del jurado con una intervención breve y devastadora. Algo poco habitual en estos casos, que es cuando los abogados hacen el súper speech tan típico de las pelis.

Fue algo así:

(Leer con voz épica)

“Miembros del jurado, como saben hace tan solo una hora hicimos la pausa para comer. He observado cómo el alguacil venía a por ustedes y les guiaba hasta la sala del jurado, donde les esperaba el almuerzo.
También vi al abogado defensor, el Señor Horowitz 
(dijo, señalando a su oponente). Él y su cliente decidieron salir a comer juntos.
El juez y el secretario de la corte, igualmente salieron juntos a comer.
Así que pensé que estaría bien que hiciera yo lo mismo con mi cliente. Me volví a Harold y le dije: ¿Oye Harold, te apetece que salgamos a comer? A lo que él aceptó. Cruzamos la calle del juzgado hasta llegar a ese pequeño restaurante italiano que todos conocen. Y almorzamos… 
(Pausa significativa)
Damas y caballeros, acabo de almorzar con mi cliente. No tiene brazos. Tiene que comer como un perro.
Muchas gracias.”

¡Boom!

Levine había ganado uno de los juicios más mediáticos de la historia del estado de Nueva York.

Como ves, Moe era un tío listo y tenía muy claro cuál era su idea. Lo supo durante aquel almuerzo: su cliente no podía comer con los brazos.
Ahora solo faltaba forjar una conexión emocional y chutársela al jurado.

Estoy segura de que tu también te has imaginado a Harold con la cabeza metida en un plato de espaguetis boloñesa.

Mañana seguimos con esto.

P.D Si no pudiste leer lo de ayer, lo tienes por aquí.

#godsavethecopy

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