Adelante, adelante.
Pasa y ponte cómodo/a.

Te doy la bienvenida a mi casa, la casa del copywriting punk.

No esperes grandes lujos pero de algo puedes estar seguro: siempre habrá cerveza fría en la nevera.

¿Conoces a Dani Cuenca?

Mola tenerte por aquí.

Esta página esta hecha para que me conozcas, así que ya que has venido voy a contarte algo íntimo.

Una true story de infancia que no decepciona y que explica todo este tinglao.

Pasó más o menos cuando tenía la edad de la foto. He elegido esta porque creo que no puedes decir que conoces a alguien hasta que no has visto su foto de la comunión.

Así que ahí va, instantánea del mejor día de mi vida (esa mirada no dice otra cosa).

El caso es que faltaban pocos días para que fuera el día del padre, y en el colegio estábamos preparando el típico regalo handmade horripilante.

En aquella ocasión debe ser que la profesora no tenía demasiada fe en nuestras posibilidades artísticas (una mujer muy sabia), así que en lugar del mítico cenicero de arcilla, pensó algo diferente.

La idea era muy simple: una botellita de vidrio que rellenaríamos con sales de baño y acompañaríamos de una tarjeta.

No había visto a mi padre darse un baño en la puta vida, pero eso no importaba.

El caso es que llegó el día de hacer la “manualidad” en cuestión y la profesora trajo a clase las botellas y unas cajas llenas de sales de baño. Las había de tres colores: naranja, verde y azul. Lo único que teníamos que hacer era escoger el color, así que uno por uno fue pasando lista en voz alta para que cada niño eligiera el suyo.

El primero, que también era el típico niño popular, lo tenía claro: naranja.

El segundo lo tuvo claro también: naranja.

Y el tercero: naranja.

¿Adivinas qué eligió el cuarto? Naranja.

Y así hasta casi completar más de la mitad de la clase. Aquello más que un aula de primaria parecía un mitin de Ciudadanos.

Cuando llegó mi turno, el verde y el azul estaban sin tocar. A mí no me ha gustado nunca el color naranja, pero en aquel momento recuerdo que sentí miedo de romper con lo que parecía la norma irrefutable de la clase. Así que elegí naranja.

Cuando ya solo quedaban los niños de las últimas filas, le tocó el turno a Dani Cuenca.

Dani Cuenca era el típico niño “saco de boxeo” que recibía parte de las burlas de los más guays de la clase. Yo recuerdo que a Dani los estudios no se le daban bien, pero también recuerdo que era un niño noble.

Cuando la profesora pronunció su nombre y llegó su turno, Dani dijo «azul» ante la mirada atónita de los allí presentes, que no nos explicábamos de dónde había sacado el coraje para hacerlo.

#putoamodanicuenca

¿Adivinas qué pasó después?

Pues que tímidamente, el resto de la clase se atrevió a elegir colores acabando con el monopolio naranja.

Y todo gracias a que Dani se atrevió a dar el paso y hacer algo que podría ser contemplado como una provocación por los que se metían con él.

Cambié de colegio siendo todavía pequeña y no he vuelto a saber nada de Dani Cuenca. Ni siquiera he podido avisarle en LinkedIn de todo esto porque no está o al menos no lo he encontrado.

Pero sí que recuerdo el día de las sales de baño y cómo reunió la valentía que nos faltaba al resto para seguir su instinto y dejar de imitar a los demás.

Creo que esa fue la primera lección de marketing de mi vida. Algo que jamás supieron enseñarme en la carrera.

Lo que te quiero decir con toda esta historia es que la parte más difícil de la estrategia de cualquier negocio es a la vez la más fácil de explicar: echarle huevos para vender siendo tú mismo/a.

Hay muchos negocios que gritan “naranja” porque parece que todo el mundo grita lo mismo, cuando en realidad son más de “verde”.

Pues bien, ese es justo mi trabajo.

No se trata solo de escribir textos que persuadan.

Se trata de escribir textos que persuadan y que a la vez expresen la personalidad única de cada persona o empresa. Porque ahí, en el lugar donde eres tú mismo, te diferencias de tus competidores y no solo consigues ventas: consigues marca.

Hacen falta muchos Dani Cuenca en este mundo y ese es mi objetivo.